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Nadal tumba a Djokovic para levantar su 10º título en Roma

El balear ganó en una gran final a Djokovic para cosechar su 10º título en el torneo y empatar con el serbio a 36 de Masters 1.000. Está a una victoria de igualar el cara a cara (29-28).

Roma volvió a sonreír a Rafa Nadal cuando más lo necesitaba. El balear se agigantó una vez más ante el mejor rival posible, Novak Djokovic, para levantar su décimo título allí, el 88 en total de su surreal carrera, 36º de Masters 1.000 con el que iguala al serbio en lo alto de la tabla histórica. En la Ciudad Eterna se vivió otro duelo que parece no tener fin, el 57º, entre dos de los mejores jugadores de la historia, viejos rockeros que no se rinden y que se enfrentaron por novena vez en la Centrale del Foro Itálico. No defraudaron. “La NextGen somos nosotros”, dijo Djokovic en la entrega de trofeos.

En esta ocasión la balanza se inclinó a favor de Nadal, que llegó a la final tras salvar dos bolas de partido contra Shapovalov en cuartos, con “algo de suerte”, como dijo él. Desde 2017 casi ha nivelado el cara a cara contra el de Belgrado, que domina aún por 29-28, pero desde 2017 y tras una racha de siete victorias consecutivas de Novak, Rafa manda por 5-3, con dos títulos en la capital transalpina (este y el de 2019) y otro en Roland Garros de por medio. A París llegará con la moral por las nubes, a por el 14º trofeo.

Da gusto ver el tenis que ofrecen estos dos astros: táctico, variado, técnicamente impecable y también potente cuando es necesario. Cada uno con sus armas, los restos de Djokovic, su revés conductor, el genial drive invertido de Nadal y sus envíos cruzados… Uno no se cansa de verlos por muchos años y partidos que pasen. Se conocen tanto que llama la atención que aún se sorprendan a veces. Pero ocurre. Ocurrió en el segundo juego del partido, cuando Nole voleó desde abajo muy lejos de la red un envió de Rafa que olía a ganador. Le ayudó de camino al primer quiebre del partido. Pero en el juego siguiente, una combinación de revés cortado y bola alta le dio el contrabreak al español, que poco después de pegó otro revolcón por culpa de una línea levantada. “Cada puñetero día, nos vamos a matar a final”, se quejó. El que refunfuñó más tarde fue Djokovic al dirigirse a su equipo tras encajar una segunda rotura que fue letal, porque Nadal lo consolidó para apuntarse el primer set.

El tiempo era el peor enemigo del balcánico tras la paliza física del sábado (cinco horas en dos partidos exigentes), y por eso intentó buscar puntos rápidos en la segunda manga. El hombro derecho empezó a molestarle, sobrecargado por el esfuerzo del día anterior, y encontró alivió y reacción en la meditación durante los descansos. Necesitaba buenos servicios, dejadas, golpes ganadores que no le obligaran a entrar en largos intercambios ni a correr más de la cuenta. La tarea de Nadal era intentar trastocar ese plan y lo intentó con un 30-40 en el 2-1. Aunque cuando más tocado parecía, Nole, un tipo de cuyo lenguaje corporal nunca hay que fiarse, se adelantó sin remedio con dos roturas (5-1). Con inteligencia, le quitó ritmo al duelo y eso perjudicó al manacorí.

Movimiento y saque

Nadal necesitaba ordenar el partido, hacerlo de nuevo más dinámico, meterle mucho movimiento. Y así arrancó el tercer set, con una tensión tremenda. El devenir del choque requería también sacar mejor para continuar el punto con el drive y dominar. Porque Novak jugaba con mucha elasticidad y de tiralíneas. El 3-2 fue dramático y sacarlo adelante fue una inyección de moral para el campeón. Tanto que el siguiente resto lo ganó en blanco (4-2) con una determinación estremecedora. Faltaba el remate. Lo más complicado. La mejoría del servicio ayudó en el momento justo y también el lógico bajón de Djokovic, que no tuvo más remedio que entregarse no sin antes pelear. Fue otra batalla para la historia.